LA BASE: LIMPIEZA, HIDRATACIÓN Y PROTECCIÓN SOLAR
Por Zulma González
Lo que toda piel necesita, sin excepción
En Dermatología Devoto pensamos el cuidado de la piel en capas: hábitos de vida en la base, LHP como rutina universal, y Vos como lo personal —tu diagnóstico y tu tratamiento específico, del que contamos en detalle en otro artículo de esta serie—. Hoy vamos a la capa del medio, la que sostiene tu rutina de piel: limpieza, hidratación y protección solar. Más profundo todavía está la base de todo esto: la alimentación, el manejo del estrés y la actividad física, que sostienen incluso a LHP.
Si arrancás por el tratamiento puntual —el ácido para tu acné, el activo para tu rosácea o el despigmentante— sin esta base, no hay manera de sostenerlo. Se irrita, se abandona, y el mejor tratamiento del mundo termina fallando. No por mal indicado: por no tener dónde pararse.
LIMPIEZA: el paso que menos se cuida
Es, en apariencia, el paso más simple de la rutina. Y sin embargo es el que más errores acumula en consultorio.
Tu piel tiene un pH naturalmente ácido, entre 4.5 y 5.5. Ese manto ácido no es un detalle técnico: es una de las principales defensas que tiene la piel contra bacterias, hongos e irritantes de afuera. Un jabón común, de esos que hacen mucha espuma, ese jabón blanco, te saca la mugre, la grasa, el hollín del ambiente —pero también te saca la grasa buena, esos lípidos que arman la barrera de tu piel. Nos encanta la espuma, pero si tu jabón hace mucha, cambialo.
En general, elegí productos sin detergente (“Syndet”), los mismos que se usan en pieles atópicas. Lo único feo es que no hacen tanta espuma como el jabón de siempre. Pero son muchísimo más amables para tu piel.
Los errores que más veo repetirse
Lavarse la cara demasiadas veces al día. Más limpieza no es igual a más salud. Si te lavás la cara tres a cuatro veces porque sentís la piel grasa, lo único que vas a lograr es más grasa: la piel reacciona a la sequedad excesiva produciendo más sebo, como mecanismo de defensa.
Usar jabón de cuerpo en la cara. El jabón de tocador está pensado para el cuerpo, no para el rostro, que tiene una piel más fina y sensible. Ni hablemos de los perfumes. Tienen un pH mucho más alcalino y tensioactivos más agresivos de lo que tu cara necesita.
Lavarse con agua muy caliente. Reseca y altera la barrera cutánea. El agua tibia alcanza, y es mucho más respetuosa. Acordate: baños cortos y agua no muy caliente.
¿Cuándo limpiarse?
A la mañana y a la noche. La noche no se negocia: tenés acumulado el sebo, el sudor, el polvo, el hollín, un montón de micropartículas del día entero. Si tenés piel grasa, tampoco se negocia la mañana. Si tenés piel mixta o seca, ahí sí podemos negociar a la mañana: un enjuague para sacar los restos de los productos de la noche, y directo al protector solar.
Un tip que le doy seguido a mis pacientes: si te cuesta sostener la rutina, poné el skincare al lado del cepillo de dientes. Si te cepillás los dientes todos los días, también te vas a lavar la cara —y vas a sentir la misma frescura de hacer algo que ya es un hábito instalado.
Cómo elegir según tu tipo de piel
HIDRATACIÓN: el paso que el ambiente te hizo necesario
Acá hay algo interesante: una piel sana, en teoría, no debería necesitar un paso extra de hidratación. Pero no vivimos en un laboratorio. Vivimos en un entorno —lo que en dermatología llamamos exposoma— donde el polvillo, el sudor, el maquillaje, las micropartículas en el aire, el humo de los autos, se adhieren a la superficie de la piel, tapan los poros y alteran esa barrera que te protege. Por eso hoy, para la gran mayoría, limpiar e hidratar van de la mano.
La hidratación no es “ponerse crema porque sí”. Es reponer lo que el ambiente y la propia rutina de tratamiento te van sacando: restaura la estructura de ceramidas, sostiene los volúmenes de la piel y baja de manera notable el ardor y la picazón que generan los activos más fuertes. En la jerga que usamos en consultorio, tiene un efecto “ahorrador” de otros tratamientos: una piel bien hidratada tolera mejor todo lo demás, y necesita menos intervención para calmarse.
Cómo elegir tu hidratante
Piel grasa o acneica: texturas en gel o fluido, emulsiones libres de aceites, que no generen esa sensación pesada ni tapen el poro.
Piel seca: cremas más ricas, con ceramidas y ácido hialurónico, que reconstruyan la barrera en profundidad.
Piel sensible o rosácea: fórmulas mínimas, sin fragancia, pensadas para calmar antes que para “hacer algo más”.
Si estás en tratamiento activo (retinoides, ácidos, antibióticos tópicos): la hidratación no es opcional, es la que te permite sostener el tratamiento sin que la piel colapse en la semana dos.
A nivel corporal la lógica es la misma: baños cortos, con agua no muy caliente, y crema hidratante después de secarte, del codo hacia las manos y de la rodilla hacia abajo. Probalo diez días seguidos y fijate cómo cambia la sensación.
